Crónica personal de un viaje por la Sierra de Cebollera, entre caballos, paisaje y memoria trashumante.

Las cascadas de Puente Ra

Volvíamos al pueblo por el camino forestal que desciende desde las cascadas del arroyo de Puente Ra, en plena Sierra de Cebollera.

El riachuelo, un poco escaso por la resaca veraniega, va saltando de piedra en piedra, de poza en poza, completamente envuelto por el silencio y la calma y por una casi impenetrable masa boscosa de pinos (silvestres o albares), hayas, robles y otras variedades de arbustos y arboleda que parecen rivalizar por los tenues rayos de sol que ellos mismos impiden llegar hasta las piedras y el agua.

Tan solo oíamos el rumor continuo y tranquilizador del agua saltarina, capaz de absorber hasta el leve crujido de nuestros pasos, únicamente los nuestros porque nadie más encontramos en todo el recorrido, quizás así el encanto de la penumbra boscosa, el frescor de la mañana y el olor a naturaleza generosa eran mayores.

Qué placer tan extraño, nadie más en aquel paraje, solamente ella y yo.

¡Caballos!

Al llegar a la altura donde un escueto cartel de madera indica la presencia de huellas de dinosaurios, detuvimos la marcha porque una recua de caballos se cruzaba en el camino para ir a guardarse en un cercado vecino.

Marchaban con su paso calmo varias yeguas, cuatro o cinco potros de diferentes tamaños y, en medio del grupo, un hermoso semental castaño, con las crines rizadas muy negras y largas, como si se las hubiera peinado, pisaba con unas fuertes pezuñas herradas (era el único animal del grupo con herraduras) y, adornando su paso, un penacho de pelo también muy negro en cada pata, que se movía al caminar como melenas de bailarín.

Nos llamó la atención cómo se marcaba la fuerte musculatura en sus cuartos traseros, en el lomo y en el pecho. Qué animal tan perfecto.

Villoslada de Cameros. Capital de la Trashumancia.

Un poco más abajo estaba esperándonos Villoslada, Villoslada de Cameros de nombre completo, y su único restaurante abierto en esas fechas del ocaso veraniego.

La visión del pueblo produce en el visitante una impresión contradictoria, ambivalente, de admiración y de cierta pena, entre la belleza y la tosquedad, entre la vida y la desolación, entre la decrepitud y la subsistencia.

Como si se derramara por la empinada ladera del monte, en la perspectiva el pueblo parece un portal de Belén con enormes casas de piedra, algunas de ellas blasonadas con escudos de armas que pregonan la vetusta hidalguía de sus propietarios.

Hay casas antiguas y algunas recientes, se ven edificaciones históricas, pero también viejas.

El entramado urbano medieval dificulta tanto el acceso a muchas de ellas (en particular las de la parte alta) que hace impracticable su reforma para volver a darles vida.

Juanjo, el dueño del hostal, lo ve meridiano: ¿Cómo subir hasta allí la maquinaria necesaria y los materiales? Uno se queda pensando en lo que debieron padecer y trabajar tantos siglos atrás para edificar esos caserones, aunque a una mente acomodaticia del siglo veintiuno le resulta imposible constituir imágenes que permitan visualizar lo esforzadas que debían ser esas gentes.

La realidad es que los herederos las están dejando languidecer, a pesar de que los casi trescientos habitantes (en temporada veraniega) se resisten a la decadencia mediante cualquier iniciativa que inyecte actividad al pueblo.

Historia esplendorosa. Ganadería e industria.

Para entrar en el casco viejo de Villoslada hay que cruzar el rio Iregua por su hermoso puente del S. XVI, tal vez de origen anterior, medieval, que con sus ocho arcos apuntados ya le advierte al caminante que entra en un lugar cargado de historia.

El escudo cuenta en un vistazo lo que fue Villoslada en sus épocas de esplendor.

Está coronado por un zurrón y un callao, elementos indispensables de la figura del pastor, y parece que nos quiere decir que esta actividad era la “reina”.

En el cuartel izquierdo, una referencia inequívoca a la trashumancia, origen y esencia del pueblo y su entorno, de lo que fue y de lo que es, y en el cuartel derecho, un taller y un caldero nos cuentan que también tuvo un pasado industrial: la fábrica de paños más importante de la zona desde mediados del S. XVII hasta la extinción de su producción y exportación.

En esta fábrica, cuyo enorme edificio de tres plantas todavía se conserva junto al rio Iregua, trabajaban unos 400 operarios en 40 telares. Durante la primera mitad del S. XVIII toda la producción iba a parar a los almacenes reales.

Se cuenta que los trabajadores estaban exentos del servicio militar.

Las casas blasonadas, inconfundibles por su prestancia y por los significativos escudos de armas que destacan en sus fachadas, recuerdan que los señores de la trashumancia eran bastante ricos e influyentes, poseían entre 4.500 y 9.500 cabezas de ganado lanar, como llegaron a tener muchos de ellos en la época de mayor esplendor (Siglos XVI al XVIII), en que la zona fue un núcleo importante de la MESTA.

Esta influencia económica les otorgó hidalguía y permitió que algunas de estas familias emparentaran con la nobleza. Otros pueblos vecinos como Lumbreras y San Andrés, también herederos de la trashumancia, conservan numerosas casas de hidalgos de la época, mostrando que la actividad y la riqueza no eran un asunto meramente local. Se cree que entre Lumbreras y Villoslada llegaron a superar las 200.000 ovejas merinas.

Transformaciones después de la Trashumancia.

 Los habitantes son conscientes de su historia y de cómo el tiempo ha ido transformando la actividad con la que sus abuelos se sustentaban, el entorno y la naturaleza del monte que les rodea, a la vez que ha transformado la esencia misma de la población, determinada por la pérdida de habitantes.

De los aproximadamente 1.400 de hace dos siglos a los menos de cien de este pasado invierno. El turismo y el regreso estacional de antiguos emigrantes permite que en verano la vida en el pueblo florezca con alrededor de 300 almas, pero cuando hablamos con los paisanos se percibe la resistencia, la sensación radical de que no se rinden a su destino y que son agentes activos aferrados a su transformación.

 La trashumancia ha sido y es, por efecto y por defecto, lo que ha definido la identidad de estas gentes, del paisaje que les rodea y de su modo de vida.

El ir y venir de tantos grandes rebaños (señalemos que no vivían en la población, sino que entre febrero y octubre se guardaban en el campo, en “chozos” o cercados ya prácticamente desaparecidos o transformados, junto a los pastos) esculpió el terreno, el paisaje y la naturaleza.

Durante los meses cálidos, las ovejas iban de unos pastos a otros, mientras consumían unos, los otros se regeneraban, sujetos a una estricta regulación (normas de la propia MESTA y de los municipios), que determinaba el uso de los pastos comunales o “agostaderos”, la protección del bosque, las limitaciones de tala y reparto de la madera, así como el tránsito por las vías pecuarias (cañadas reales, veredas o cordales).

La actividad de pastoreo delimitaba el espacio del bosque y el de los pastos, pero cuando la actividad trashumante cesa o se extingue, los pinos, y, a su sombra, las hayas y otras especies arbóreas, se van auto repoblando hasta ocupar los espacios de uso privilegiado de las ovejas.

En menos de un siglo, las extensiones de pastos se han reemplazado por masa boscosa, el ganado lanar por vacuno y progresivamente caballar y la explotación maderera evoluciona de la economía utilitarista (uso de la madera para herramientas, aperos, útiles cotidianos, maquinaria y energía) hacia una industria maderera potente y moderna.

Los vecinos de Villoslada afirman que el pinar se regeneró por sí mismo, sin la intervención humana, que al finalizar el pastoreo los árboles y la naturaleza hicieron su trabajo y conquistaron el espacio que tal vez anteriormente les perteneció.

El hecho es que ahora basta asomarse a cualquier ventana o caminar unos metros hacia las afueras del pueblo para disfrutar de un bosque profundo, exuberante e inabarcable donde jabalíes, ciervos y lobos (gracias a la acción proteccionista, para disgusto de los ganaderos) encuentran un hábitat que, para unos visitantes foráneos como nosotros, transmite sensaciones formidables, difíciles de convertir en palabras.

La cría caballar extensiva.

Nos sorprendió ver tantos caballos; fuimos encontrando nuevas recuas, unas más numerosas, otras con pocos elementos, lo que nos obligó a preguntar para descubrir que una buena parte de la economía actual de Villoslada se apoya en la cría caballar.

No llega a ser la actividad productiva prioritaria, pero sí reporta un complemento a los ingresos de las familias. A pesar de que curioseamos hablando con algunos vecinos y vecinas, no hemos podido saber con precisión cuál es el origen de la cría extensiva de ganado equino en esta zona.

Es fácil suponer que siempre han tenido y criado caballos, por el pastoreo trashumante, por las labores agrícolas y por la explotación de la madera; esto nos lleva a pensar que debió haber un momento en que se convirtió en fuerza ganadera, al mismo nivel que el ovino o el vacuno, aunque en la actualidad el número de équidos supera al de las otras especies.

Se notaba que, al menos en estos días, la atención de los habitantes estaba centrada en los caballos y el movimiento de grupos pastoreados, incluso por las calles del pueblo, era notorio. Enseguida nos explicamos la razón.

La feria de ganadería extensiva más importante de la Rioja.

La casualidad ha querido que nuestra estancia en Cameros haya coincidido con su feria anual de ganado, pero fue el entusiasmo con el que Juanjo, Loli y otros paisanos pusieron al hablar del acontecimiento, que bajo ningún concepto podíamos perdérnoslo.

La Feria anual de Ganado de Villoslada de Cameros es el evento o feria de ganadería extensiva más importante de La Rioja. Cada año lo organiza el Ayuntamiento con el auspicio o la colaboración de la Consejería de Agricultura, Ganadería, Mundo Rural y Medio Ambiente del Gobierno de La Rioja, pero viendo la experiencia y autonomía con la que se desenvuelven los participantes, da la impresión de que todo (instalaciones, traslado y acomodación de los animales, logística de los puestos comerciales, etc.) respondiera a una mecánica automatizada con los años, como si de antemano todo el mundo supiera lo que ha de hacer.

No encontramos a nadie que supiera decirnos qué número de edición era la presente, pero un veterano de estas lides, ganadero octogenario relevado ya por sus descendientes, Ramiro Rincón, nos decía que debían ser muchísimas ediciones porque él recuerda que ya se celebraban cuando era un chaval. Después hemos sabido que se trata de la vigésima novena, pero de una serie más moderna.

El propio Ramiro nos explicó que, en sus orígenes, la feria se celebraba el día de San Juan y que a ella acudían ganados de ovino y vacuno. La de caballos se empezó organizando aparte, en otra fecha, pero con el tiempo, el día 11 de septiembre concentró el protagonismo absorbiendo a las otras. Cada año la cita es, pues, este único día.

El recinto actual ocupa el lugar donde antiguamente se emplazaban las eras del pueblo, además de varias calles adyacentes. Conforme se llega al espacio ferial, se van encontrando puestos de venta de productos tradicionales como quesos de distintas procedencias, miel y derivados y artesanía. Varios de estos puestos ofrecen todo tipo de cencerros, badajos, correajes, cinchas de todos los colores, incluso en uno vimos varias sillas de montar, a las que nadie prestó atención. Algunos puestos de ropa barata, típicos de mercadillo, parecían parientes lejanos que se han apuntado a la fiesta.

No paran de llegar coches y gentes, la feria y los alrededores se van ambientando. Predominan los hombres, aunque también se dejan ver algunas mujeres conduciendo alguna recua y apostadas en la cabecera de sus corraletas.

Hay 25 apartados, cada uno con un cartel donde se indica el nombre del ganadero y el tipo de ganado que alberga. Inmediatamente se advierte la desproporción: hay dos corrales dedicados a terneros, exclusivamente terneros de carne, con diferentes edades y tamaños, pero todos con las mismas hechuras de raza, cruce entre Limousin y Avileña.

Las veintitrés corraletas restantes están ocupadas por caballos.

¿Qué es de estos caballos?

Es el propio Ramiro quien nos certifica lo que ya nos habían anticipado otros ganaderos: los caballos que ellos crían son prácticamente todos resultados de cruce entre el Burguete pirenaico y el Bretón, lo que nos explica la morfología y el estilo del semental que el día anterior nos sorprendió con su paso poderoso.

El destino de todos ellos, excepto los machos y las hembras de cría, es llegar a los cebaderos y de ahí al matadero, para acabar en las cocinas de algunas zonas donde valoran de forma especial la carne de caballo por sus propiedades nutricionales.

Se los llevan a Valencia y desde allí los distribuyen a Italia y Francia que son, al parecer, los principales consumidores de esta carne.

En la Península hay quien la consume – según nos explican algunos criadores – en la propia Comunidad Valenciana, en algunos lugares de Cataluña y en Navarra. De los aproximadamente quinientos equinos que han participado en la feria, predominan los pelajes castaños, en tonos más oscuros o más claros, hay algunos bayos y algunos alazanes.

No conseguimos volver a ver al semental que nos sorprendió en el camino, pero vimos a “Disparate”, otro macho de tipo idéntico y apostura similar, que se rascaba las crines mutuamente con “Chenoa”, una de las yeguas representativas de la raza. Las ganaderas nos decían que le pusieron ese nombre al animal porque “tiene mucho culo”.

Los tratantes valencianos formalizan los acuerdos de compra – venta con los ganaderos con el tradicional apretón de manos, vienen por los potros (un potro lechal reporta unos 500 € al criador) y por alguna yegua (cuyo valor suele rondar los 1.000 €).

Obviamente, a los ganaderos les interesa su venta, no solo por la propia finalidad comercial, a pesar de que en los últimos años el valor ha descendido alrededor de un 40%, sino por el ahorro invernal. Durante los meses cálidos abundan la hierba, los tallos y los frutos que los animales pueden comer en el monte, cuando llegan los fríos, las nevadas y los hielos, hay que guardarlos y alimentarlos con pienso: cuantas más cabezas, más coste.

La mañana va transcurriendo, el recinto ferial y los aledaños rebosan de gente, de hombres provistos en su mayoría de largas varas o de callaos, y bastantes mujeres, pero seguramente a esas horas, cuando ya nos marchamos de Villoslada, la mayoría de los tratos están ya cerrados y nuestro semental no encontrado vuelva a sus pastos serranos, esta vez la recua será más pequeña.

Crónica: Luis García Fraile